
La revista internacional de arte y de literatura infantil BLOC publicó en su nº1 una entrevista del editor francés Thierry Magnier, director editorial de Actes Sud Junior y de Editions Thierry Magnier.
Isabelle Torrubia: – ¿Cómo te planteas tú el uso de la fotografía en los libros para niños?
Thierry Magnier: – Bien, es cierto que me apetecía, cuando creé la editorial, trabajar lo más posible con artistas contemporáneos. Es decir que, para mí, la ilustración se convertía en un trabajo de artista más que de ilustrador. Por supuesto, en cuanto te relacionas con gente de artes plásticas, enseguida te encuentras con muchos fotógrafos que a veces son artistas plásticos, fotógrafos, escultores, etc. La primera colección que quise sacar y que empecé con Antonin Louchard fue la colección “Tête de lard”. El punto de partida era proponer libros muy pequeños, en cartoné, libros para los más pequeños, y que cada vez hubiera una creación específica de un artista contemporáneo, y que todos los niveles de artes plásticas aparecieran. Como te imaginarás, en ese proyecto dimos con fotógrafos y sacamos los que fueron casi los primeros libros de ficción con fotos para los más
pequeños, con fotografías y con artistas fotógrafos. A partir de ahí, lanzamos llegamos a otra idea con Katy Couprie y con Antonin Louchard. Se trata de Tout un monde (Todo un mundo) y ahí fue donde nos dijimos que sí, que se podían hacer cosas francamente extraordinarias con la fotografía. Con esa mezcla de fotografías, de fotografía y de otras imágenes, puesto que en ese libro hay cuarenta maneras de ver, en fin, cuarenta técnicas diferentes. Ahí empezó la pasión. Vamos, que empezó en el 2000 y hoy por hoy somos, en Francia, los editores con el catálogo en el que más fotografías se utilizan, y no hablamos de libros didácticos, no, hablamos de ficción.
- Así pues, Tout un monde dio pie a otros tipos de publicaciones como Tout un Louvre (Todo en un museo), por ejemplo.
T.M.- Así es. Luego, seguimos adelante. Porque a mí siempre me han dicho que era difícil hacer libros de fotografías para los más pequeños. Me decían: es complicado, los padres no se sienten muy a gusto con ese tipo de obras, etc. Y yo siempre contesto que los libros yo no los hago para los padres, sino más bien para los niños. Aunque sean los padres los que compren. Y me pareció interesante seguir un poco con esa idea. Y continuamos, pues. Vimos a muchos fotógrafos, y nos lanzamos a hacer libros de fotografías para los más pequeños. Y también en blanco y negro, porque sacamos el Livre de fesses (Libro de nalgas), del que soy el autor, y Livre d’yeux (Libro de ojos), Livre de coeurs (Libro de corazones), Livre de grimaces (Libro de Muecas), Livre de cailloux (Libro de
piedras) y Les songes de l’ours (Los sueños del oso), etc. Y luego L’alphabet contrasté (El alfabeto contrastado), Analphabêtes (Analfabestias) sobre los animales, y todo eso nos seguía gustando. Eran sobre todo imagiers, pero pronto dimos el paso a obras de ficción pura como Monsieur Carotte (Señor Zanahoria) o Le Doudou des camions-poubelles (El peluche del camión de la basura), en los que trabajamos de verdad con la fotografía.
- ¿Y cómo calificarías la colección en la que publicaste Livre de cœurs o Livre de fesses? ¿Como libros para aprender a mirar de una cierta manera, o para mirar de otro modo? ¿Ahí la fotografía es sobre todo técnica?
T.M.- ¡Exacto! Porque hablamos de imagiers y los libros de este tipo sirven principalmente para descubrir un mundo. Lo interesante, es ver que la mirada del fotógrafo puede transformar radicalmente el aspecto de lo que se fotografía, que la fotografía no es sólo algo… iba a decir “realista”, sino que puede llevar al niño hacia un universo imaginario verdaderamente sorprendente. En fotografía, tienes una visión de las cosas que trasciende totalmente la imagen, y al mismo tiempo, puesto que se trata de una foto, hay algo de verdad en lo que dices, de un modo diferente a cuando es dibujo. Y ese es un aspecto muy interesante, porque el dibujo es algo que implica obligatoriamente una interpretación. Mientras que, para un niño, la fotografía conlleva realidad, algo así como « visto en la tele », vamos. De pronto, se convierte en realidad. Y de golpe, y en ese sentido la fotografía es mucho más peligrosa, en fin, peligrosa en el sentido que se puede hacer un uso peligroso de ella dado que da una impresión de veracidad inmediata, de pronto hay una realidad. Pero sea como sea, la imagen siempre ha mentido. Así lo creo yo. Siempre digo que la imagen es una mentira, incluso en épocas pasadas… cuando hacía un retrato del rey, el pintor debía andarse con cuidado y quitar los lunares que no le gustaban, o las marcas que pudiera tener. Y actualmente en la publicidad se alargan las piernas de las top-models, se le quitan arrugas a Cécilia, se quitan lo que sea… Se pueden hacer muchas trampas con fotografías. Digamos que la imagen siempre ha estado relacionada con la mentira. Y jugar con eso me parece por una parte muy infantil y por otra parte muy interesante tener esa visión. Me entran ganas de decir: Mirad, niños, os doy a vosotros este libro para decir que la imagen es una mentira.
Me gusta decirlo porque me parece muy importante ofrecer a un niño ya de entrada un enfoque crítico de la foto.
- Pero lo haces sin guía, sin consejos, es decir que se los das y confías en ellos.
T.M.- ¡Claro! Nunca doy un manual de uso. Pero cuando se hacen libros de este tipo inevitablemente se están dando claves. A veces hay guiños que hacen sonreír a quienes los captan, y entienden lo que hay de mentira en ellos, claro. La mentira es algo muy divertido, basta con no creérsela. Es algo que sirve un poco para descifrar la imagen. No hay que olvidar que un niño que nace hoy no tiene nada que ver con un niño que nacía hace cincuenta años. El niño que hace cincuenta años estaba en su habitación dormía en sábanas blancas, tenía un despertador normal, se tomaba una taza de leche y salía y, de vez en cuando veía un anuncio en la ciudad o bien en su casa tenían el calendario de Correos o una imagen religiosa. Hoy, un niño que se despierta por la mañana debajo de su edredón de Asterix, rodeado de carteles, con una taza de Tintín, se toma cereales y gana una figurita, lleva en la ropa dibujados animales, textos, escritura, porque también el texto puede convertirse en imagen. Está, pues, rodeado de imágenes, y para un niño de hoy que está en esta situación… creo que darle libros hechos por artistas de un modo más o menos inteligente para descifrar la imagen y para darle claves, es una forma de ayudarle a no caer en la trampa, vamos.
- ¿Vale eso también para el dibujo?
T.M.- También vale para el dibujo, sí. Pero como te decía antes, con la foto mucho más, porque la foto es algo tan real que, por ejemplo cuando oyes a gente en la calle, adultos en este caso, decir sí, sí, es verdad, lo oí en la tele. Es interesante. Siendo profesor, he participado en experiencias como por ejemplo ver las fotos de un periódico o de un telediario que hablan del mismo tema. Vemos perfectamente que se puede hacer decir a la imagen cosas completamente diferentes, aunque se trate del mismo fotógrafo, o del mismo lugar y el mismo personaje. Basta con que alce los ojos al cielo mientras está hablando y con que lo fotografíen en ese momento para que el discurso no pase. Es algo que da mucho juego. Así se ve cómo pueden interpretar una misma fotografía un periódico de derechas y uno de izquierdas. Un simple plano ligeramente diferente y todo cambia.
- Entonces para ti, ¿las imágenes en sí tienen también una dimensión de ficción?
T.M.- Sí, para mí es capital que el imagier no sea sólo un imagier. En el caso de Tout un monde, sobre todo se trata de que no haya texto ni palabras para cada imagen, que el niño la nombre, y ahí todo cambia. Cuando tienes una fotografía de unos zapatos y pones « zapatos » en el pie de foto, estás estropeando la capacidad imaginativa del niño, porque en ese caso tú, en tanto que adulto, si el niño dice “mocasines”, “botas” o “par de zapatos” o “los zapatos de papá”, etc., vas a contestarle: « no, zapato », porque está escrito « zapato ». Para mí, eso limita mucho la interpretación de una imagen. Sin embargo, si pones la imagen, fotografía o no, es lo de menos… En cuanto dejas un espacio libre, el niño va a construir su propio mundo. Y la fotografía es tan real, porque más real que un par de zapatos… pero si están de frente, de espaldas, vistos desde arriba, todo eso, dónde se ha hecho la fotografía, todo eso crea una historia diferente.
- ¿Y cómo funciona? Tú, que has mantenido mucho trato con los niños y que les lees y miras con ellos lo que publicas ¿qué ocurre cuando un grupo de niños pequeños abre Tout un monde?
T.M.- ¿Qué ocurre? Quería que fuera blando, como un catálogo, que fuera una suma de cosas. Porque dar a un niño que no dispone al principio de todo lo que hemos metido en el libro, hablo de referencias culturales, de sobreentendidos implícitos, de cosas no dichas, etc. ésa es para mí la riqueza de un libro. Pues bien, darle todo eso a un niño pequeño, a gente libre de todo eso, neutra, completamente neutra, ofrecer un imagier así equivale a darle un compendio, como cuando miran un catálogo de venta por correo tipo La Redoute. Los niños pueden tirarse horas con él, y les da igual comprar tal o cual chisme. Lo que les interesa es entrar en esas imágenes y hacer una historia con ellas. Como con Tout un monde, que es uno de nuestros mayores éxitos aquí, y más allá, puesto que está también publicado en el extranjero. De pronto, el niño que se encuentra con este compendio primero lo va mirando al azar, y eso es muy interesante porque aquí reconoce un gato, allí algunos elementos de su vida diaria, y poco a poco va a darse cuenta de que la imagen que sigue guarda una relación, y ahí empieza a nacer una historia. Y luego va a dejarlo, y lo volverá a coger y, cada vez que abra el libro, por cualquier sitio, porque puedes abrirlo por cualquier página hacia un lado o hacia el otro, cada vez descubrirá una nueva historia. Incluso yo, y mira que le he echado horas a ese libro, cuando lo vuelvo a abrir y lo hojeo aún encuentro cosas nuevas.
- Entonces cuando un niño lo hojea, lo abre al tuntún, lo hojea de un lado o de otro… ¿va comentando, contando, verbalizando mucho?
T.M.- ¡Y tanto! Vendemos mucho este libro a los logopedas y psicólogos escolares. No creo que sea una coincidencia, es porque de hecho se pueden decir muchas cosas. A veces, a los niños los desconcierta, a veces los asusta, los provoca, a veces los mima, unas veces les sigue la corriente, otras veces es más brutal, pero eso es la imagen. La vida, eso es la imagen. Una imagen es todo eso al mismo tiempo. Puede ser dulce, fuerte, dura, mala, horrorosa, hermosa, estética, asquerosa, en fin, todo cabe. Y eso es lo interesante, porque el niño se deja llevar, se mete de lleno y adelante. Sin olvidar que en esos libros nunca hay manual de uso. Esto para mí es más que capital. Me lo han reprochado a menudo, pero dar un manual de uso para este tipo de álbum es romper toda la magia de la imagen. Lo que interesa es que el niño crezca con esas imágenes. Que crezca y que las vaya interpretando poco a poco. Si de entrada le das las claves, rompes algo importante. Que lo vaya rompiendo él mismo, y será mucho más enriquecedor.
- Como decías antes, por regla general quienes compran el libro son los padres…
T.M.- Por supuesto, y lo mejor de…
- A menudo deben estar desconcertados. Quizá ahora ya saben de qué va, pero al principio debía ser…
T.M.- ¡Desconcertante! Totalmente… De todos modos, siempre resulta muy desconcertante, incluso hoy, sentarse ante un libro con imágenes y sin texto. Es desconcertante para un adulto porque un cuentecillo suavecín puede ir contándolo y queda legitimado como adulto. Pero cuando no hay nada, el adulto tiene que dar mucho o no dar nada, pero tiene miedo, es el adulto el que tiene miedo: « ¿y cómo me las apaño yo con un libro así? Voy a darle vueltas y al final, no, déjalo, está por ahí la historia de una princesita, mucho mejor, y salgo del paso ». Cuando no hay nada es muy desconcertante, lo es para el adulto pero en ningún caso, y es algo de lo que estoy plenamente convencido, para el niño.
- Me lo creo. He asistido a algunas lecturas fascinantes de este libro. Pero en los libros que publicas también hay texto. Estoy pensando en la colección “Tête de lard”, en algunos libros como por ejemplo Papa au bureau (Papá en la oficina), en la que el artista es el actor más que el fotógrafo.
T.M.- Es el mismo. El artista se pone en escena, es fotógrafo y lo demás. Lo interesante en este caso es que en “Tête de lard” se parte de la idea de halagar a los dos. La idea es halagar al niño, bueno, halagar… digamos que nos dirigimos a él en tanto que niño, y lo mismo con el adulto. Papa est au bureau presenta una situación cotidiana para los niños de hoy: « Papá no está, ¿Por qué? Está en la oficina ». El niño entra en el juego y se dice: Esto es lo que hay. El niño puede participar, es un tema que le afecta directamente, no es un cuento que le parece más o menos simpático, se trata de él mismo. El adulto a veces se queda descolocado, se le hace un guiño y se crea, es lo que me gusta mucho de “Tête de lard”, una complicidad inmediata entre el adulto (padre, madre, maestro, da igual) y el niño. Entra en juego pues la complicidad. Y si en un libro para niños hay una complicidad inmediata habrá transmisión. Pocas cosas tan terribles hay como ser un adulto y que tu hijo aparezca con un libro que odias, porque no te gustan las imágenes o no te gusta la historia, y haga que se lo cuentes diez veces seguidas porque a él le encanta. El crío se dará cuenta en seguida, incluso siendo bebé, de que te aburres de mala manera. Y si ve que te aburres ya no habrá nada que hacer, dirá: « venga, déjalo ». Será el propio niño quien asuma la responsabilidad de cerrar el libro. Es decir, sin darte cuenta, le has mandado un mensaje al que contesta: « vale, me he enterado, no te gusta ». Pues el interés de hacer este tipo de libros es que también mueve la sensibilidad del adulto, se busca que lo disfrute, y cuando se disfruta, ¡ya está hecho! La complicidad está creada, y eso es capital. Así es como yo me planteo los libros con relación a este tema. Cada vez intento que coexistan diferentes niveles de lectura, sobreentendidos implícitos, etc. Es lo que te decía antes, hay también complicidad entre el adulto y el niño, por lo menos es lo que me gustaría alcanzar. Aunque no siempre se consigue, claro.
- Y pensando en un libro donde hay verdadera puesta en escena, como en Prince de naissance, attentif de nature (Príncipe por nacimiento, atento por naturaleza), el entorno aparece fotografiado, pero con un elemento que pertenece más bien al dibujo: un personaje dibujado puesto en escena. Es interesante porque no es un collage, sino una verdadera puesta en escena.
T.M.- Así es. En este libro, las guardas ayudan a entender porque aparece la artista, Katy Couprie, instalando a sus personajes, y al principio se ve la silueta recortada en el taller. Son las dos claves que me pareció oportuno meter porque, hoy por hoy con la tecnología podríamos integrar directamente en pantalla a esos personajes en una fotografía plana. Pero al hacerlo así cambia de dimensión, y el niño se da cuenta. Es decir que de pronto, ese personaje que he ido creando recortando y pintando toma cuerpo en una fotografía, en una verdadera fotografía. Y a mí eso me resulta apasionante, que de golpe se convierta en un verdadero personaje. Existe. Pero a veces, también jugamos con imágenes modificadas, como por ejemplo en Chantiers en cours (En obras), en Des fleurs (Flores), etc. donde manipulamos fotos para modificar, para jugar con estos errores.
- Explícanos ese Chantiers en cours. ¿Es un juego de los errores con fotos?
T.M.- Eso es. Y vamos a manipular, y en este caso por procedimiento informático, vamos a manipular las fotos para cambiar elementos. Lo mismo en Des fleurs, del mismo autor. Estamos de lleno en las nuevas tecnologías. Sin embargo en Prince de naissance… trabajamos digamos a la antigua: hay una foto, hay una puesta en escena, se trata más bien de un trabajo de artista contemporáneo, una creación. Lo que implica un mayor planteamiento intelectual y artístico. En el otro caso se trata de algo más tecnológico. Pero a mí me parecen importantes los dos, hay que probar.
Siguiendo con el tema, porque la fotografía me interesa, este año hemos creado la colección “Photoroman” (Fotonovela). Consiste en dar a un escritor, por regla general bastante conocido, incluso gente que a veces escribe para los adultos, en darle doce imágenes de un mismo fotógrafo, sin decirle de quién se trata ni el por qué de esas doce fotografías. Por regla general, están sacadas de un reportaje, de una exposición.
- Perdona que te interrumpa ¿No son fotos que encargáis vosotros con una idea predeterminada?
T.M.- No, no. Trabajamos con un fotógrafo y le decimos: « ¿Qué tienes por ahí? ¿Qué has hecho? » Y elegimos una serie. Por regla general, son fotógrafos que ya han expuesto, han hecho exposiciones, etc. Le decimos que necesitamos doce que tengan una unidad. Si ha hecho un reportaje sobre unas chabolas, nos dará doce de las chabolas. A partir de ahí, esas doce imágenes se las entregamos al escritor sin darle ni el tema ni el nombre del autor. Lo que el escritor tiene que hacer es integrar esas doce fotos en la narración. Fotos que, como decíamos antes, deberán afectar a la vida del personaje principal. Quedarán pues integradas.
- Por supuesto la foto no es sólo decorativa, ni simple base de inspiración para la narración, sino que las fotos en sí juegan un papel.
T.M.- Eso es, exactamente. Tiene que jugar un papel. Luego, cuando el texto está terminado, presentamos el fotógrafo y el escritor. Y este momento es algo bastante mágico. Mágico en la medida en que, por ejemplo con Les Giètes (Los días que quedan), la fotógrafa llegó prácticamente llorando diciendo « pero ¿cómo ha podido este escritor contar la historia de mi abuela?” Y eso es algo maravilloso, en ese momento piensas: vale, en esas fotos se ve que es una señora mayor, que es de origen ruso o así, vamos, que el ambiente está bien presente. Pero en el trabajo de escritura el autor ha llegado al punto de adivinar el nombre de la abuela. ¡Increíble! Por supuesto está el trabajo del escritor, pero por otro lado eso quiere decir que el fotógrafo ha sido capaz de decir algo con una serie de doce.
- ¿Y cómo reaccionan los fotógrafos?
T.M.- Cuando se lo proponemos la primera reacción suele ser de orgullo, porque es la primera vez que se van a utilizar fotos suyas en una ficción.
- Bueno, pero para los libros para niños, en general, no sólo para esta colección ¿O sí?
T.M.- A menudo, como son fotógrafos que no acostumbran a dirigirse a los niños, se quedan sorprendidos con la calidad del resultado final. Han podido tener catálogos de exposiciones, o exposiciones sin catálogos, y de pronto para ellos, para los fotógrafos, gente que no suele publicar, ni siquiera los mejores, el libro deja una huella de su trabajo. Se quedan agradablemente sorprendidos, bastante felices al pensar « ¡Oh, es mi libro! ». Todo esto resulta sensual y divertido. Y no es lo mismo para un escritor que, evidentemente, publica. No siempre se publica el trabajo de un fotógrafo.
- Y ¿vas a buscarlos o ahora son ellos quienes te proponen?
T.M.- Pues sí, acabo de recibir otros dos proyectos con fotos. Pero es algo normal. Uno que ve nuestro catálogo se dirá que aquí se puede hacer, puede salir adelante.
- Sin querer ofender a aquellos a los que no cites, ¿te gustaría citar a alguien en particular? Hablabas antes de Antonin Louchard pero a lo largo de este trabajo, en la elaboración de este catálogo en particular, ¿hay gente que haya jugado un papel primordial?
T.M.- Es cierto que Antonin Louchard y Katy Couprie han jugado un papel importante y vamos a celebrar nuestro décimo aniversario. Llevan diez años trabajando conmigo y es cierto que me han aportado… que nos hemos aportado mutuamente, porque proyectos de la talla de Tout un monde, Au jardin (El el jardín), A table (En la mesa) o Tout un Louvre fueron realmente enormes. Veamos, no es un trabajo que se pueda hacer en dos días, son meses y meses de trabajo, y por lo tanto de complicidad. Hemos aprendido a ser cada vez más exigentes, a analizarlo todo en detalle. Los tres juntos nos hemos aportado cantidad de cosas, lo que ha servido también para abrirnos a una nueva idea, y a otra, y a otra; cada vez más allá y aprendiendo cómo ir más allá. Creo que la colección “Photo-Roman” existe hoy gracias a todo eso que ha existido antes, y si todo eso ha existido es porque antes hubo la colección “Tête de lard”. Ese es también el trabajo de un editor. Esos encuentros que te llevan a otros, un fotógrafo que va a decir « ¡me encanta el trabajo que has hecho con tal o con cual! Me gustaría aportar mi granito de arena », y que te va a llevar a otro mundo. Todo se hace así, poco a poco.
Por ejemplo con L’Ogre Picaso (El Ogro Picasso), que no tiene nada que ver. Se trata más bien de un libro didáctico pero sin perder del todo esa parte de ficción, la historia de un señor que es un ogro que se traga a la sociedad y la escupe en su obra. Un trabajo en el que prácticamente sólo hay fotos, en el que se ve a Picasso con niños, etc., un trabajo que no habría existido en otro formato. Porque el objeto juega también un papel primordial.
- ¿Hay gente con la que te gustaría trabajar, fotógrafos a los que no consigues convencer del interés de cada imagen y de la pasión que se esconde detrás de todo esto?
T.M.- Creo que tengo una suerte extraordinaria porque cada vez que me apetece trabajar con alguien se lo digo y suele funcionar. No me sorprendería que mañana Depardon participara en “Photo-Roman”, o que un día contemos con Sophie Calle.
- Se integraría totalmente en la línea de su trabajo…
T.M.- Pues sí, salvo que Sophie, a la que ya he visto dos veces, no quiere porque no se siente a gusto del todo con los niños. A mí me da la risa, y eso es precisamente lo que me interesa.Ya lo lograremos. Hay que dejar que las ideas se vayan abriendo paso. ¿Sabes? No hay que olvidar que hablamos de gente que no está acostumbrada a trabajar con niños o para los niños. Por un lado, la literatura infantil y juvenil a menudo se considera un subgénero, y no les interesa, no la conocen, es simple falta de conocimiento. Este es un aspecto, el segundo punto es que no saben o te dicen: « ¡Oh, sí, estupendo! Te voy a hacer un librito para los pequeñines » y ahí tu piensas: « ¡Hostia! ya la hemos chafado ». Lo último que deben hacer es plantearse algo así. Nos corresponde a nosotros explicar, ir un poco de pedagogos y decirles: “No, no se trata de hacer un librito más para los pequeñines. Se trata de hacer un libro, punto”. Y si ese libro tiene la suerte de llegar a niños pues ¡qué maravilla! Creo que cuando uno ve Tout un monde ou Prince de naissance… o cuando lee un “Photoroman”, que se sea muy pequeño o muy viejo, el placer está ahí. Y este aspecto me parece francamente importante.
- ¿El publicar libros de fotografía plantea problemas particulares del punto de vista técnico?
T.M.- Hoy en día hay algo muy peligroso en el aspecto técnico, y es la foto digital. La foto digital es muy peligrosa porque parece buena a primera vista, pero en reproducción puede rápidamente convertirse en algo horrible. Si se utiliza una foto digital, no debe ser muy grande. Tendrá que ser una imagen pequeña. Y se ve enseguida cuando reproduces imágenes de fotografías, la calidad de un verdadero fotógrafo se ve al ampliar la imagen, que sigue siendo bella, con una excelente textura, todo eso. Con la digital no siempre, hay que andarse con cuidado. Técnicamente puede quedar fea, desenfocada, forzada. Sin embargo, con un verdadero fotógrafo, por regla general suele ser una buena foto.
- También se necesita un formato, un papel.
T.M.- Por supuesto, es importante. Es algo que nos interesa tanto que nuestro último catálogo está lleno de fotos porque me apetecía insistir, poner el libro donde tiene que estar, en el día a día. Y para ello nada mejor que ofrecer el contexto al niño, poner una pila de libros sobre una bicicleta, o en un coche, o al lado de un monopatín. En ese momento, se convierte en un objeto cotidiano, y eso es la fotografía quien lo consigue, con dibujos no habría logrado transmitir esta veracidad.
- ¿Crees que en estos diez años o desde la publicación de Tout un monde, ha cambiado el recibimiento que se da a este tipo de libro?
T.M.- Bueno, quizá resulte un poco presuntuoso, pero ahí va. En su momento, en 1999, Tout un monde cambió la imagen de los libros para niños. Al igual que, ¡y esto sí que es presuntuoso! hizo L’Album du Père Castor. Pero quizá no sea tan presuntuoso, porque vengo de Burdeos, donde he dado la quinta o sexta conferencia con Paul Faucher, del Père Castor, que está ahora jubilado, y todos los bibliotecarios y los universitarios que hablan de literatura infantil y juvenil comparan esos dos grandes momentos de la representación de la imagen. Y si observas un poco lo que se ha hecho después, desde que nos atrevimos a hacer ese libro, y creo que es lo primero que debe hacer un editor, atreverse y a veces arriesgarse; atrevernos a hacer Tout un monde ayudó a muchos editores a perder el miedo. Hay muchas cosas que se parecen, pero no es plagio, de golpe aparece otra manera de ver y de hacer. Si lo pienso bien, porque a mí me apasiona la literatura infantil y juvenil, y si miro hacia atrás, hacia el año 70, 71, veo que Ruy-Vidal publicó en Grasset Jeunesse una especie de álbum que mezclaba fotografía e ilustraciones, muy de vanguardia, que incluso resultó chocante en la época. Y de pronto, ahí está. Lo que me nutre y me forma, quiero decir que no estamos inventando nada, transmitimos cosas que aprendimos en su momento. Nos atrevimos pues con Tout un monde, y creo que eso cambió algo, pensar que una fotografía no implica documental y, lo repito, ha habido otros en Gallimard, pero fue a partir de Tout un monde cuando se desarrolló mucho más.
- Digamos que abristeis una puerta.
T.M.- Abrimos algo que estaba listo para ser abierto. Fuimos los primeros, pudo haber sido otro, ¿sabes? Nos colamos por esa rendija y creo que el éxito que tuvimos ayudó a abrir el camino. Y ahora a la gente, la fotografía le da menos miedo. Aunque hoy por hoy aún queda por hacer con el libro de fotografía de ficción, con el documental no pasa así, pero para un adulto, él de ficción aún es difícil.
De los libros citados, han sido publicados en lengua española:
de Antonin Louchard y Katy Couprie
Anaya, 2004. Seleccionado por la SEP de México.
Todo en un museo (Tout un Louvre)
de Antonin Louchard y Katy Couprie
Rba-Serres Infantil, 2006. Seleccionado por la SEP de México.
Papá en la oficina (Papa au bureau)
de Fatus
Ediciones Dandelion, 2006.